Mundo Emocional

¿Por qué nos cuesta tanto pedir perdón?

Explora cómo las heridas del pasado nos hacen temer pedir perdón y aprende cómo hacerlo desde el amor propio y la humildad para sanar y conectar de verdad.
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Para muchas personas, pedir perdón no es fácil. No porque no lo sientan. No porque no reconozcan (en el fondo) que metieron la pata. Sino porque hacerlo activa heridas profundas, muchas veces invisibles.

Hay quienes crecieron en entornos donde equivocarse se pagaba caro: con gritos, con castigos, con burlas, con humillaciones. Donde el error no era una oportunidad de aprendizaje, sino una marca de vergüenza. Donde decir “lo siento” podía significar abrir la puerta al juicio o a la pérdida de amor.

Y eso deja huella.

Con el tiempo, sin darnos cuenta, muchos aprendimos a asociar el error con el fracaso, con la pérdida de valor, con la idea equivocada de que si reconozco que me equivoqué... entonces yo soy un error.

Aprendimos a protegernos.

A justificarnos.

A culpar a otros.

A minimizar lo que hicimos.

O incluso a fingir que no pasó nada.

Porque reconocer que herimos, que nos equivocamos, que actuamos desde una herida... puede doler. Puede activar la sensación de “no soy suficiente”. Puede tocar esa parte que aún cree que para ser amado hay que ser perfecto.

Y a veces, también pesa que nadie nos modeló cómo se hace.

¿Te imaginas cómo habría sido tu infancia si un adulto te hubiese mirado a los ojos y te dijera:
“Lo siento. Me equivoqué. No fue justo lo que hice. Tu dolor es válido. Estoy aquí para reparar”?

Eso también es amor.
Eso también es valentía.
Eso también se puede aprender.

Pedir perdón no te hace débil.
Te hace humano.
Te hace responsable.
Te hace libre.

Porque cuando te permites asumir tu parte sin aplastarte ni esconderte, empiezas a cambiar el guion.

Dejas de heredar patrones de silencio, culpa o desconexión.
Y comienzas a cultivar relaciones más auténticas, más honestas, más seguras.

Pedir perdón con conciencia no solo es un acto de humildad, es un acto de amor propio y de amor por el otro.

No se trata de rebajarte.
Se trata de elegir la paz sobre el orgullo.
La coherencia sobre el miedo.
La conexión sobre la defensa.

HERRAMIENTA PODEROSA: El ejercicio de la silla vacía

Si hoy te cuesta pedir perdón (a alguien o incluso a ti), te propongo este ejercicio:

  1. Busca una silla vacía frente a ti. Si puedes, hazlo en un espacio íntimo, sin interrupciones.

  2. Siéntate frente a ella. Respira profundo. Cierra los ojos unos segundos. Y cuando los abras... imagina que allí está sentada la persona a la que necesitas decirle “lo siento”.

  3. Háblale. Sin filtro. Desde tu verdad.
    ➤ Reconoce lo que hiciste.
    ➤ Menciona cómo crees que eso le afectó.
    ➤ Y expresa lo que te habría gustado hacer diferente.

  4. Si lo necesitas, cámbiate de lugar y responde desde esa persona. Escucha lo que ella (real o simbólicamente) tendría que decirte.

Este ejercicio no sustituye la conversación real, pero sí te conecta con la parte más honesta, vulnerable y empática de ti.

A veces, para poder pedir perdón afuera, primero necesitamos practicarlo adentro.

Reflexión final

Si hoy te cuesta pedir perdón, no te juzgues.
Solo míralo con compasión.
Quizás es hora de preguntarte: ¿Qué aprendí sobre el error? ¿Y qué quiero aprender hoy, desde mi adultez?

Porque sanar no siempre empieza con un “te perdono”.
A veces empieza con un “lo siento”.

Y otras veces… con sentarte frente a una silla vacía y atreverte a sentir.

Espero que te haya gustado! 

Si es así, comparte con tus seres queridos