De la autocrítica a la autocompasión: El camino que transforma tu voz interior
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Cuando mi voz interior se volvió mi peor enemiga:
Hace unos meses viví una de esas experiencias que, desde afuera, parecen perfectas. Había preparado con dedicación una de las charlas más importantes de mi vida.
El auditorio estaba lleno, la gente me escuchaba con atención, al final me regalaron una ovación de pie, y varias personas se acercaron a felicitarme.
Todo parecía confirmar que había sido un éxito.
Hasta que una sola persona se me acercó y me dijo:
“Me hubiese gustado que modularas más. Había palabras que no se entendían”.
Cuando por fin me subí al carro y cerré la puerta, la sensación fue otra.
El maquillaje empezó a correrse con las lágrimas, y lo que debía ser un momento de orgullo se transformó en un torbellino de pensamientos duros que me golpeaban sin parar:
—“No fue suficiente.”
—“Seguro notaron cuando tartamudeaste.”
—“¿Viste la cara de esa persona? Estaba aburrida. Eres un fraude.”
Por fuera había logrado lo que siempre soñé, pero por dentro me sentía rota.
Lo más desgarrador no era la mirada de los demás… era la mía.
La voz que más fuerte resonaba no estaba en el auditorio, estaba en mi cabeza.
Y era una voz que no perdonaba nada.
Ese día entendí algo importante: podía acumular todos los logros del mundo, pero si mi voz interior seguía siendo mi enemiga, nada iba a sentirse suficiente.
Y no era porque me faltaran méritos, sino porque me faltaba algo más profundo: paz.
Entonces lo vi claro: necesitaba transformar esa voz.
Empezar a hablarme con ternura, en vez de juicio.
Con paciencia, en vez de exigencia.
Con compasión, en vez de crítica.
Convertirme, poco a poco, en mi propia aliada.
El mito de que la autocrítica nos hace mejores:
Una de las creencias que tenía en mi cabeza —y que me costó muchísimo desmontar— era que si dejaba de ser dura conmigo misma, iba a volverme floja, egoísta o poco confiable. Que esa voz interna que me criticaba constantemente era necesaria para crecer.
Me decía cosas como: “Necesitas exigirte más”, “No te conformes”, “No puedes permitirte fallar”. Y como lograba cosas externas: proyectos, metas, reconocimiento, pensaba que esa voz era parte del éxito. Como si sin ella, no pudiera avanzar.
Pero con el tiempo entendí algo clave: la autocrítica no es lo mismo que la autorresponsabilidad.
La autorresponsabilidad te invita a crecer desde la conciencia. La autocrítica te castiga desde el miedo.
Cuando solo me hablaba con exigencia, sí lograba avanzar, pero a un precio altísimo: ansiedad, insatisfacción crónica, miedo a fallar, y una desconexión profunda conmigo misma. Era como si cada logro viniera acompañado de un “pero” interno: “Sí, lo lograste... pero pudiste hacerlo mejor.”
Nadie me enseñó que podía crecer desde un lugar más amable. Que no tenía que ser mi enemiga para mantenerme enfocada. Que podía exigirme desde el respeto, no desde el castigo.
Y aquí está la diferencia: la autocrítica te paraliza cuando fallas. La autocompasión te ayuda a reparar y seguir avanzando.
Una te encierra en el juicio. La otra te acompaña en el proceso.
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La autocrítica parece inofensiva… pero va dejando huellas:
Al principio, puede parecer una aliada. Una forma de mantenernos “en línea”, de asegurarnos que no nos equivoquemos. Pero con el tiempo, esa voz se vuelve una cárcel. Y sin darte cuenta, empieza a afectar áreas de tu vida que ni siquiera habías conectado con ella.
Así es como la autocrítica suele manifestarse:
- Apaga tu creatividad: Te frena antes de empezar. Te hace pensar que si no va a salir perfecto, mejor no hacerlo. Y así, te vas alejando de lo que realmente sueñas.
- Envenena tus logros: Cuando por fin alcanzas algo importante, no puedes celebrarlo. Siempre aparece esa voz que dice: “Sí, pero… podrías haber hecho más”.
- Te deja agotad@: Vivir en autoexigencia constante es como correr sin descanso. Desde afuera te ves funcional, pero por dentro estás drenad@.
- Afecta tus relaciones: Cuando no te valoras, es difícil poner límites, recibir amor sin sospecha, o sentir que mereces vínculos sanos. Te conformas con menos porque crees que eso es “lo que hay”.
- Te atrapa en un ciclo de vergüenza:
Te criticas → te sientes pequeñ@ → te vuelves a criticar.
Y ese ciclo, si no lo cuestionas, se convierte en tu forma de vivir.
La autocrítica no te protege de fallar. Solo te impide vivir en paz mientras lo intentas.
El descubrimiento de la autocompasión:
Cuando decidí volver a practicar la autocompasión, empecé con algo muy simple: imaginar que alguien a quien amo estuviera pasando por lo mismo que yo.
Me preguntaba: “Si mi mejor amiga viniera llorando por un error, ¿qué le diría?”
La respuesta era obvia: la escucharía con ternura, le recordaría que equivocarse no la hace menos valiosa, y que siempre puede aprender de lo que pasó.
Entonces me di cuenta: ¿por qué yo merezco menos ternura que ella?
Ese fue mi punto de quiebre. Entendí que la autocompasión no significa conformarse ni dejar de crecer. Significa cambiar el tono de la voz con la que me hablo.
Dejar de tratarme como enemiga… y empezar a acompañarme como lo haría con alguien que amo.
Y aquí hay algo poderoso: cuando practicamos hablarnos como hablaríamos a un ser querido, nuestro cerebro activa el sistema de cuidado en lugar del sistema de amenaza. Es decir, dejamos de estar en “modo ataque” contra nosotras mismas, y comenzamos a generar calma, seguridad y apertura.
Insight: Practicar la autocompasión puede empezar con una sola pregunta:
“¿Le hablaría así a alguien que quiero?”
Esa pregunta no cambia la situación externa, pero sí cambia desde dónde la atraviesas: con más fuerza, más paz y muchísimo menos miedo.
Cómo transformé mi voz interior:
Cambiar mi diálogo interno no fue rápido, pero sí posible. Estas cuatro prácticas me ayudaron a dar el primer paso hacia un trato más compasivo conmigo misma:
1. Dale un nombre a tu crítico interno: Esa voz dura no eres tú. Es solo una parte que aprendió a hablar desde el miedo. Yo la llamé “la Sargento”. Nombrarla me ayudó a tomar distancia y a no darle tanto poder. Cada vez que aparecía, le decía: “Ya te escuché, pero hoy no decides por mí.”
2. Usa tu cuerpo para calmar la mente: La autocrítica también se siente en el cuerpo: pecho apretado, estómago en nudo, respiración cortita. Poner la mano sobre el corazón y respirar lento me ayudaba a recordarme que estaba a salvo. Practicarlo en momentos de ansiedad o vergüenza fue un ancla que me devolvía calma.
3. Reformula con amabilidad: No se trata de mentirte ni de repetir frases positivas vacías. Se trata de decir la verdad con ternura. Pasé de “Soy un desastre” a “Estoy aprendiendo, y este error no define mi valor.” Cambiar el lenguaje cambió cómo me sostenía en los momentos difíciles.
4. Recuerda que no eres la única: La autocrítica te hace sentir defectuosa, como si solo a ti te pasara. Pero la verdad es que todos fallamos. Todos dudamos. Entender que mis errores no me aislaban, sino que me conectaban con lo humano, fue liberador. Cada vez que me atrapaba en la vergüenza, me repetía: “Esto también le pasa a otros. No estoy sola.”
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El nuevo trato conmigo:
Mi voz crítica no desapareció. Todavía aparece.
Pero ya no tiene la última palabra.
Hoy, cuando cometo un error, puedo mirarme al espejo y decirme:
“Fue difícil, pero no me define. Estoy haciendo lo mejor que puedo. Y eso es suficiente.”
Esa frase —“soy suficiente”— antes me sonaba imposible. Hoy es mi ancla.
Y si tú también has vivido atrapad@ en esa cárcel de la autocrítica, quiero dejarte con esta verdad: No necesitas romperte para crecer.
Puedes crecer desde la ternura, desde el cuidado, desde la compasión.
La próxima vez que esa voz dura aparezca, haz una pausa. Coloca tu mano en el corazón y pregúntate:
“Si alguien a quien amo estuviera en mi lugar… ¿qué le diría?” Eso mismo, dítelo a ti. Ahí empieza una nueva forma de estar contigo.
🧡 ¿Quieres dar un paso más?
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Tu voz interna puede ser tu refugio, no tu enemiga.
Y está en tus manos comenzar ese cambio.